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Desde que fue creciendo, Jesús sabía quién era y cuál era su propósito. Era consciente de que era el Mesías, pero también entendía que debía esperar el tiempo de Dios, aunque a veces eso implicara lucha y obediencia a la voluntad del Padre.
Tuvo una preparación espiritual y teológica. Desde niño asistía a la sinagoga y aprendía las Escrituras. Ese conocimiento fue parte de su formación, ya que con la misma Palabra venció las tentaciones en el desierto. Su preparación fue clave para cumplir su misión.
Jesús nos dio ejemplo en el bautismo. Él fue bautizado en agua, mostrándonos su importancia. El bautismo en agua es un acto de obediencia y un paso fundamental en la vida del creyente. Si Jesús lo hizo, cuánto más nosotros.
El bautismo en el Espíritu Santo es el que transforma y da poder para vivir conforme al propósito de Dios. A veces puede manifestarse antes del bautismo en agua, pero ambos forman parte del proceso de crecimiento espiritual y preparación para cumplir el llamado de Dios.
Después de su bautismo, el Espíritu lo llevó al desierto, donde ayunó durante 40 días. El desierto no es solo un lugar de dificultad, sino también de formación. Allí se fortalece el carácter, se madura y se aprende a depender completamente de Dios. Jesús fue preparado para el enfrentamiento con Satanás y salió victorioso.
Después del desierto comenzó su ministerio. Predicaba, enseñaba y hacía milagros. Su mensaje estaba acompañado de hechos, señales y maravillas, mostrando el poder y la gloria de Dios. -
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